pero se vive"
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En el reino de lo exterior, un techo
negro, árboles, colinas nítidas: la pesadilla
era nuestra
-nuestro el vicio de entreverar
hasta perder de vista lo irrefutable.
Al delirio, lo austero lo contradice. Hasta que,
cortando campo, divisamos, grisáceo, el mar indeterminado,
que apuntala nuestra locura con sus razones.
Plozevet - Juan José Saer
"Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro. En el camino se alzaba una encumbrada monta- ña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna."
" En el invierno de 196-, un hombre sorprendentemente gordo estuvo a punto de ser lanzando al baño del oso polar, una asquerosa alberca bajo él y tuvo la experiencia de casi volverse loco. Como resultado, el gordo se liberó de las trabas de una vieja obsesión, pero en el instante en que se encontró libre una soledad miserable surgió en él y extravió aún más su ya debilitado espíritu. En ese momento resolvió, sin ninguna razón lógica (era dado a ataques de agitación repentina), deshacerse de otra pesada limitante; juró liberarse completamente y dejar que el cielo se cayera si era necesario, y cuando ya había jurado y un valor irredento estaba hirviendo en su cuerpo, todavía sarroso y apestoso a sardinas podridas por el chapuzón de la piedra que se lanzó en la alberca finalmente en su lugar, telefoneó a su madre a mitad de la noche y le dijo,
-Devuélveme el manuscrito que me robaste, estoy harto, ¡me oyes! ¡Siempre he sabido lo que te proponías!
El gordo sabía que su madre estaba al otro extremo de la línea a mil doscientos kilómetros, con el auricular pasado de moda en la mano. Hasta concluyó poco científicamente que podía oír el susurro de su respiración en el otro teléfono tan claramente como lo hacía porque no había nadie cerca de los circuitos debido a lo tardío de la hora, y ya que ésta resultaba ser la respiración de su madre el gordo sintió un peso en el pecho. De hecho, lo que estaba escuchando por el auricular que presionaba contra su oido, con una delicadeza fuera de toda proporción respecto a la masividad de su cuerpo, era su propia respiración. "
"¿Qué temía? No era temor o miedo. Era una nada que él conocía demasiado bien. Todo era nada y un hombre era también nada. Algunos vivían en ella y nunca la sentían, pero él sabía que todo era nada y pues nada y nada y pues nada. Nuestra nada que está en la nada, nada sea tu nombre y nada tu reino y tuya será la nada en nada como es en la nada. Danos esta nada, nuestra nada de cada día y nada a nos en la nada, pero líbranos de la nada; pues nada."
"Un lugar limpio y decente" - Ernest Hemingway| Bécquer |
Habítame, penétrame.
Sea tu sangre una con mi sangre.
Tu boca entre a mi boca.
Tu corazón agrande el mío hasta estallar.
Desgárrame.
Caigas entera en mis entrañas.
Anden tus manos en mis manos.
Tus pies caminen en mis pies, tus pies.
Ardeme, árdeme.
Cólmeme tu dulzura.
Báñeme tu saliva el paladar.
Estés en mi como está la madera en el palito.
Que ya no puedo así, con esta sed
quemándome.
Con esta sed quemándome.
La soledad, sus cuervos, sus perros, sus pedazos.
Solo de ti, lleno de ti,
esta tarde a las 7,
el ciudadano de tu ausencia
se palpaba la cara, la voz, los papelitos,
deveras comprobando
que tus ruidos andaban por sus huesos
y en general te habías ido.
Golpeó puertas, teléfonos.
La gran ciudad estaba equivocada sin tu pelo, señora,
y él sentía tirones detrás del corazón.
A lo mejor era el tabaco,
de todos modos yo soy otro:
un pedazo de ti,
alguien a quien castigan puertas, ruidos, teléfonos,
y, andá a saber por qué,
toda la parentela de la muerte.
"En la fecha" - Juan Gelman.
Basta no quiero más de muerte
no quiero más de dolor o sombras basta
mi corazón es espléndido como una palabra
mi corazón se ha vuelto bello como el sol
que sale vuela canta mi corazón
es de temprano un pajarito
y después es tu nombre
tu nombre sube todas las mañanas
calienta el mundo y se pone
solo en mi corazón
sol en mi corazón
"Basta" - Juan Gelman.
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
El monte de Venus - Julio Cortázar
Osvaldo amaba los gatos, todo el mundo sabe eso, los amigos, los lectores. Conocía de gatos cuanto se puede conocer. Hábitos, inteligencia, especies, historia, leyendas, poderes que se les atribuían y se les atribuyen. Bastaba mencionarlos y después había tema para toda la noche. Osvaldo tenía una infinidad de anécdotas personales en relación con los gatos. Se trasladaba a algún lugar, cualquier lugar, y un rato después por ahí empezaban a merodear los gatos. De alguna manera había establecido contacto con ellos.
Esa noche, entre otras cosas, me contó del exterminio de gatos en Europa cuando la Iglesia los condenó a la hoguera por considerarlos criaturas satánicas, de los antiguos egipcios que los adoraban y los embalsamaban, de la alucinante imagen de un barco depredador inglés cargado con miles de momias de gatos hundiéndose durante una tormenta en el Mediterráneo. Después, mientras levantaba el gato que andaba por debajo de las mesas y se lo colocaba sobre las rodillas, habló de mis textos. Señaló que en mis historias siempre había algún gato maltratado y que eso no era bueno. Yo hice un rápido repaso en voz alta y advertí que en efecto tenía razón. Entonces Osvaldo deslizó la idea de que tanta agresividad, tanto encarnizamiento con los gatos, sin duda resultaría negativo para la fortuna de mis libros. Supongo que en ese momento le habré preguntado si el poder de los gatos tenía tanto alcance como para perjudicarme. Si lo hice no consigo recordar la respuesta que me dio. Sé que intenté defenderme argumentando que esas escenas de crueldad no estaban puestas con intención de agredir a los gatos sino que simplemente narraban situaciones donde personajes malvados se ensañaban con los pobres animales.
A Osvaldo la explicación no lo convenció. Me recordó un título mío: Ni perros ni gatos. Dos errores en ese título. Uno: nombraba a los gatos en un sentido francamente negativo, de rechazo y desprecio. Dos: los colocaba en plano de igualdad con los perros y para colmo en segundo término. De nuevo le di la razón.
--Osvaldo --dije--, el daño ya está hecho, ¿y ahora?
Me dijo que debía tratar de remontar la situación.
--¿Cómo?
Sugirió que hablara con los gatos.
--¿Cómo?
Me aconsejó que de madrugada, cuando volvía a mi casa, prestara atención y seguramente me cruzaría con más de un gato. Pues bien, debía detenerme, hablarles, acercarme y si los gatos me lo permitían, acariciarlos. En resumen, hacerme amigo.
Lo que me quedó claro de la lección fue que si hacía buena letra y les demostraba que los apreciaba y me ganaba su simpatía, después, poco a poco, por algún misterioso camino, en la vasta y secreta sociedad de los gatos se correría la bola de que yo finalmente no era un tipo tan jodido como parecía y mis torpezas serían perdonadas y mi ignominia quedaría borrada. En consecuencia, también mis libros resultarían liberados de la condena que seguramente hacía rato pesaba sobre ellos.
Al principio me costó aceptar la idea de ponerme a hablar con los gatos vagabundos de mi barrio. Pero esa misma madrugada, regresando al departamento, apenas me crucé con un gato me detuve y ensayé el primer acercamiento. Y seguí probando en las noches siguientes. Y en los meses siguientes. Y todavía lo hago. Seguramente ya no para hacerme perdonar una falta sino para intentar con los gatos un diálogo que nos devuelva durante un rato la querida imagen de Osvaldo Soriano.
(Antonio Dal Masetto, 12 de mayo de 1998, Página 12)Está negra la madera de tu casa
y el verde de tus plantas brilla como lustrado a mano /
te debe haber llovido mucha ausencia /
debe haberte apagado los fuegos que encendías
para leer tus pechos /
para saber quién anda por ahí /
en el verano de tu rigidez empujada /
¿qué sería la muerte sin la lluvia /
su ciencia de humo y claridad? /
temblabas como un cafetín /
pasaban tangos de Gardel y toros ya suavísimos /
tus piernas ardían al lado de los ángeles
y volaban cenizas del secreto cremado /
¿cómo es posible el horror de saber? /
¡dale / viento! /
¡raspá la música que hace diamantes
en cada esquina de la sonreidora! /
¡la música que separa los nacimientos de los espantapájaros!
¡los espantapájaros verdaderos! /
¡que me conocen y no son yo! /
vos / que sabés hacer cuchillos
con un instante del amor /
cantá / sentada en los panes que horneo y nunca comeré /
¡cantá / para que corra la mañana
y se subleven los canarios
que lloran ocultamente! /
("Está negra la madera de tu casa", Juan Gelman)
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